Estaba llena de picotazos, sí, por culpa de no haber cerrado la puñetera ventana ¡Cómo odio a los bichos! ¡A todos! ¡No se salvan ni las mariposas! Mi abuela me solía decir que todos los insectos iban a por mí porque soy una niña muy dulce. Ojalá, abuela, ojalá.
Me quedé tumbada en la cama. Tampoco tenía muchas razones para levantarme, nada importante que hacer. Era 10 de septiembre, así que ya tendría tiempo de ponerme a hacer algo productivo cuando empezaran las clases dentro de cuatro días. Ay, las clases, en instituto, la puta vuelta al cole. Eso significaba volver a la rutina, las tardes estudiando, las mañanas madrugando, ver personas que no quería ver, ver a otras que hace demasiado que no veía.. ¿Dónde habría estado él? Su ausencia había dejado en mí un incómodo y permanente silencio justo en la boca del estomago. Como cuando te bajas de una montaña rusa y esperas mas. Me dijeron que estuvo en muchos lugares, no sé, yo siempre me lo imagino tumbado en su cama escuchando música, me lo imagino pensando en mí.
(Cuatro días, se repetía, tan solo cuatro días).

