domingo, 29 de diciembre de 2013

Diario de una aburrida ventana.

Las horas se suceden unas a otras, como queriéndose pisar, sin llegar a tocarse.
Ni nos damos cuenta del correr del tiempo ni de lo importante que es, simplemente dejamos que los minutos pasen y los segundos se sucedan sin hacer nada. No somos conscientes de que en el cambio de un segundo a otro puede ocurrir la mayor catástrofe jamás contada, o que en la hora que acabas de pasar acabas de ser la persona mas feliz del mundo. No nos damos cuenta porque no valoramos el tiempo que pasamos, lo despreciamos porque es algo que sabemos que ya ha pasado o que dentro de poco va a pasar. Y, puesto que ya ha pasado, ¿para qué le vamos a dar importancia?

¿Y quién conoce mejor el tiempo que una ventana?
Había una vez una ventana que vivía feliz en una gran calle muy transcurrida. Dicha ventana formaba parte de una casa muy antigua. Antes había visto muchas historias, había llorado viendo como los habitantes de la casa lloraban y también reído viendo como se reconciliaban. Pero ahora estaba en un estado de abandono y aburrimiento, ya que nadie residía en aquel lugar.

Un frío día de enero, por puro aburrimiento y pura curiosidad, la ventana se fijó en que la hija de los vecinos de enfrente estaba bastante crecida. Salía bastante de casa a altas horas de la noche. Desde el punto de vista de la ventana esto era algo muy normal. Hasta que una noche, observando, vio llegar a la chiquilla en un coche despampanante y besando a un hombre años mayor que ella. Acto seguido este hombre se fue. Como esto era lo mas interesante que había pasado en meses la ventana decidió fijarse cada noche en las aventuras de la muchacha. No salía cada noche, pero de las noches que salia sacó la conclusión de que la vecina tenía una relación con el hombre del coche despampanante. Comenzó a aburrirse de la historia porque era siempre igual: el hombre recogía a la chica, se la llevaba, llegaba a un hora cada vez mas tardía, se besaban y el coche se iba. Cual fue la sorpresa de la ventana cuando un día la muchacha llegó andando a su casa y también llegó.. ¿llorando? Con la sabiduría que solo tiene una ventana sacó la conclusión de que había cortado con el hombre. Y así pareció que era, la chica, que ya parecía ser mas una mujer que una chiquilla, no salio de casa en dos largos meses ¡Dos meses! La protagonista de esta historia pasó de estar aburrida a estar desquiciada, ¿dónde se había metido la vecina? Menos mal que una noche de agosto (o eso parecía porque hacía un calor de mil demonios) la chica salió al porche de su casa a encontrarse con un muchacho ¡Por fin un giro de la historia! Las noches enteras se pasaban hablando los dos, la historia se volvió mucho mas divertida porque desde donde estaban se escuchaba perfectamente todas las conversaciones que tenían. Algunas noches hablaban de cosas tan estúpidas como lo que habían echo hoy. Esas noches la ventana se limitaba a ver las hojas del jardín de los vecinos caer (estaríamos ya en otoño, supongo) Otras noches, las mas interesantes, los chicos contaban historias y hablaban de las noticias que se oían por televisión y también de lo que querían hacer mas adelante. Una noche bastante fría (pongamos que era Navidad porque estaba todos decorado de luces y se respiraba un ambiente diferente) este chico se le declaró a la muchacha. Le dijo que este último año había estado completamente enamorado de ella, que la quería y que quería que salieran. Después de un rato que pareció una eternidad, la vecina le dio un largo abrazo al chaval y gran beso. Y sin saber porque, la ventana lloró. Ni idea de si era de felicidad o porque ella echaba de menos la compañía, pero lloró.
No sabemos si al día siguiente los chicos se sentaron en el porche, o si mas adelante la muchacha le diría a sus padres que tenía novio, o si rompieron, o si se casaron y tuvieron muchos hijos. No lo sabemos porque, al día siguiente, unos malvados hombres con casco destruyeron la casa hasta los cimientos. Y la ventana murió con la casa, y ni siquiera sabemos si alguien la echo de menos porque no teníamos a esa ventana para que nos lo contara.

Y así, había pasado un año, entre una historia de una muchacha y una ventana. Y a nadie le había importado porque todos desprecian al tiempo porque no lo pueden controlar y el tiempo los desprecia a ellos porque lo marginan y no lo entienden. Pero al final, aunque no sabemos el final de esta historia, las horas se siguen sucediendo, se siguen queriendo pisar, pero nunca consiguen tocarse.

domingo, 1 de septiembre de 2013

Carta de auto-engaño.

Te echo de menos.
Permite que me explique. No te echo de menos a ti, ¿por qué he de hacerlo? No echo de menos tenerte a mi lado, ya me he acostumbrado y pienso que sola tampoco se está tan mal. Tampoco echo de menos lo que me decías, siendo completamente sincera nunca me valoré lo suficiente para creérmelo. Tampoco echo de menos tus ojos, aunque me encantaba mirarlos (vaya que si me encantaba). Tampoco echo de menos tu sonrisa, ni echo de menos cuando era yo cuando la provocaba, que va. No echo de menos que me eches de menos y me necesites. Me atrevería a decir que no he echo de menos tus besos, casi me atrevería a decirlo. Por supuesto tampoco me interesan lo más mínimo los momentos que he pasado contigo, lo puedo pasar con otra gente ¿no? No quiero echar de menos que cuando estaba mal me levantases el ánimo, ni que con dos palabras pudieras hacer que me sintiera especial. No lo quiero echar de menos porque sino lo necesitaría. Evidentemente no quiero necesitarte. No echo de menos nada de ti, y aunque hubiera alguna posibilidad de que te echara de menos la liquidaría con un solo pensamiento.

Pero aún así..

No sé..

Te echo de menos.

domingo, 11 de agosto de 2013

El viejo Aventurero.

Muchas veces no pensamos en el paso del tiempo, en la forma en la que nos cambia hasta convertirnos en otra persona, en sus consecuencias. Deberíamos aprovechar cada momento, hacer que nuestro día a día sea distinto y no una copia exacta del anterior. Deberíamos viajar, cumplir nuestros sueños, vivir aventuras, hacer muchos amigos y.. bueno, también enamorarnos ¿no? Alomejor si os cuento una historia entenderéis mejor lo que os estoy intentando decir.

En un fría tarde de invierno, de esas en las que nadie quiere salir a la calle, en la que los pájaros no tienen ganas de cantar, en la que los niños no tienen ganas de pasear y jugar. En esa tarde, en mitad de una pequeña y poco iluminada habitación había un gran globo terráqueo. Lo que destacaba de ese objeto no era lo antiguo que era, ni lo lleno de polvo que estaba. Lo que destacaba era que estaba marcado por todas partes de pequeñas marcas con inscripciones con fechas. Esas marcas gritaban a viva voz que querían, que necesitaban contar una historia. 

Todas las marcas destacaban a su manera, había una en casi cada rincón del mundo. Todas ellas tenían una fecha. Dichas marcas, fechas y en algunos casos, inscripciones habían sido escritas por un hombre. Un señor un tanto.. especial. Ese hombre tenía la profesión de aventurero. ¿Aventurero? Un trabajo un poco especial diría yo. Él se dedicaba a explorar cada rincón del mundo, a descubrir misterios, a ayudar a la gente o a ,simplemente, sentarse en alguna terraza de algún bar de algún lugar a observar a la gente pasar. Cuando este hombre, vamos a llamarlo El Aventurero, sentía que había echo algo importante en el lugar donde había estado, iba a su casa y descansaba de su viaje. En su casa se metía en una pequeña habitación con un gran globo terráqueo y marcaba con una pluma el lugar donde había estado y la fecha.

Se podría decir que El Aventurero había vivido una gran vida pero una marca en ese globo terráqueo decía lo contrario. A primera vista no destacaba, quizás si no te fijas bien nunca la hubieras visto, pero cuando la veías se te partía el corazón. Esta marca estaba situada en Roma, era una marca tallada con una navaja en la que tenía la inscripción "Misión no completada". Era la única que no tenía fecha, alomejor para no recordar el año en el que El aventurero no consiguió volver de Roma con la sensación de que había echo algo bueno.

En Roma sucedió algo a lo que El aventurero no estaba acostumbrado, en Roma este hombre se enamoró. 
Empecemos desde el principio. El Aventurero había ido a ayudar a un viejo amigo por asuntos de negocios. Ese viejo amigo tenía una preciosa mujer. Hasta ahí ya os podéis imaginar el resto. El Aventurero se enamoró de la mujer equivocada y parecer ser que dicha mujer se había enamorado de el aventurero equivocado. Después de dos meses de noches juntos se dio cuenta de que era un mal amigo y una mala persona. Abandonó a aquella mujer, le confesó a su amigo lo que había echo, rompió una pareja y se fue a su casa. Al llegar allí cogió su navaja y con lágrimas en los ojos y mucha rabia talló una marca en su último destino y se sentó en un viejo sillón sabiendo que sus años de aventura habían acabado. 

Allí se encontraba El viejo y cansado Aventurero, en una fría tarde de invierno, de esas en las que nadie quiere salir a la calle, en la que los pájaros no tienen ganas de cantar, en la que los niños no tienen ganas de pasear y jugar. En esa fría tarde, en un viejo sofá, en una pequeña habitación con un gran globo terráqueo en el centro estaba un hombre con una carta en la mano. Una carta en la que había escrita con una bonita letra italiana la noticia de que tenía un hijo en Roma al que nunca vería.

En ese instante se dio cuenta de que por muchos viajes que hubiera echo, por muchas personas que hubiera ayudado.. Nunca había aprovechado el tiempo, él nunca se había enamorado y la única vez que lo había echo se había destrozado la vida.

Con esa carta en la mano el viejo y cansado hombre, que ya no era un aventurero lloró por todos sus errores, cerró los ojos y se sumió en un sueño eterno.

jueves, 30 de mayo de 2013

Todo lo que sube tiene que bajar.

Es más complicado de lo que me imaginada. Esperaba algo grande, duradero, mágico. Nada más lejos de la realidad. Al principio sí, al principio era genial, no había nada que temer, ninguna preocupación. Pero se torció, claro que se torció, ¿cómo no se iba a torcer? Todo lo que sube tiene que bajar y todo lo bueno se tiene que acabar. Pero no importó, pensé que todo con el tiempo se solucionaría. También me equivoqué. Debería dejar de equivocarme. Me refugié en mis libros, en mi cascarón, hasta que un día sin previo aviso se acabó. Se acabó, claro que se acabó. No se como ni porque, todo pasó demasiado rápido y no lo supe asimilar. Pero al final, solo al final, comprendí que no merecía la pena llorar. Yo puedo recordar momentos increíbles y llorar de nostalgia por culpa de ellos, pero al menos los puedo recordar, sé que me han pasado, que nadie me puede quitar esos momentos. ¿Quién me iba a decir a mi que los iba a poder repetir? Pues sí, al final los repetí una y mil veces. Y después volví a llorar por ellos. Tal vez y solo tal vez la moraleja de la historia sea.. Que si tu quieres, si lo intentas, puedes volver a ser feliz. Eso sí, luego volverás a llorar por no serlo pero luego lo serás otra vez, y así sucesivamente.
Y aquí estoy, en esos momentos de bajada. 
Porque todo lo que sube tiene que bajar.